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En las proximidades de Bear Mountain y acoplándose a los meandros del Hudson River, se extiende la Academia Militar de los Estados Unidos. Todo un emblema del país de las barras y estrellas, West Point se fundó en 1811 sobre un terreno ocupado militarmente en 1778 y se trata del instituto de formación militar más antiguo del país, así como la única base militar que jamás ha dejado de estar bajo el control de ejército estadounidense. Un entorno fortificado e infranqueable, con toneladas de historia repartidas en cada rincón de una escuela que recuerda al Howards de Harry Potter y cuyo perímetro guarda el paso del tiempo y hace las veces de archivo de cientos de miles de vidas que han pasado por el ejército del tío Sam. Un entorno único y muy difícil de imaginar si nunca se ha estado allí. Las fotos, los vídeos y las historias pueden reflejar algunos ápices de su grandiosidad, pero sólo pisando terreno uno es capaz de percibir un ‘algo’ especial, que hace que todos y cada uno de los alumnos allí formados sea una especie de rara avis fuera de sus muros. El caso de Mike Krzyzewski no podría ser distinto.

Krzyzewski en el recuerdo eterno de West Point

El Museo de West Point, de libre acceso para el público, muestra cientos de fotografías que hacen las veces de narrador de la historia de la escuela en particular y el ejército estadounidense en general. Sin embargo es fuera de las galerías de la colección donde se encuentra un marco con un grupo de imágenes con un significado especial en el mundo del baloncesto. Una vez al año, un combinado de jugadores NBA se echa unas risas en los pasillos del Christl Arena, el pabellón polideportivo del campus. Un jovencísimo Mike Krzyzewski protagoniza un precioso marco en que se recuerda su pasado militar como miembro del exigente programa deportivo de Army. Imberbe, con un rostro perfectamente rasurado y un corte de pelo como marcan los cánones de West Point, primero de uniforme y después vistiendo la equipación reglamentaria allá por finales de los años 60. Con unos pantalones cortos que ejemplifican en concepto shorts en el sentido más literal y una camiseta con tirantes finos y que dejan hombro y clavícula al aire, ‘Coach K’ es el centro de atención de las miradas de los miembros de la plantilla de la selección de Estados Unidos. “Vámonos fuera de aquí. Vamos a otra sala. No más fotos por hoy”, comenta el técnico de la Universidad de Duke, mitad en broma, mitad en serio. Kenneth Faried, James Harden, Stephen Curry y otros jugadores apuran unos últimos segundos de despiste del entrenador para hacerse el selfie de turno.

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Mike Krzyzewski es hoy en día conocido por sus más de 1.000 victorias como entrenadorNCAA, sus cinco campeonatos nacionales universitarios con Duke (1991, 1992, 2001, 2010 y 2015), sus dos medallas de oro olímpicas entrenando a USA (2008 y 2012), sus dos títulos mundiales con la selección de las barras (2010 y 2014). Pero sus orígenes están forjados al grito de “Yes Sir!” en West Point. ‘Coach K’ comenzó su andadura en el mundo de baloncesto al tiempo que su carrera en el ejército de los Estados Unidos, jugando en la universidad de Army entre 1966 y 1969, para posteriormente graduarse como oficial y, más tarde y previo paso por el cuerpo técnico de la Universidad de Indiana, convertirse en el entrenador jefe del equipo de su Alma Mater durante cinco años (1975-1980). Después llegó su etapa como head coach de unosDuke Blue Devils y la gloria total como técnico. Un gloria que no habría sido posible sin la disciplina, constancia y compromiso adquiridos en West Point y las enseñanzas de Bobby Knight en el banquillo de los Hoosiers. Unos ingredientes que componen la receta perfecta del éxito de uno de los mejores entrenadores de la historia del baloncesto mundial.

Disciplina y liderazgo en la vida y en la cancha

La capacidad de liderazgo es una de las cualidades más importantes con las que todo cadete sale de Army. En el caso de Mike Krzyzewski se trata de una característica de su personalidad que le ha servido para lograr los objetivos que le han convertido en uno de los técnicos más laureados del deporte de la canasta alrededor del globo terráqueo. “No podría haber tenido todo el éxito que he tenido en mi carrera de no haber pasado por estos muros”, confiesa ‘Coach K’ postrado en mitad de la cancha de baloncesto que preside el Christl Arena. “Cuando era un base all-american en mi época escolar en Chicago, fueron varias las universidades que trataron de reclutarme. Cuando Army llamó a la puerta, mis padres dijeron que ese sería el único sitio al que iría a estudiar y jugar al baloncesto”.

CoachKJugador12-276x221Sus progenitores, Emily y Williams Krzyzewski, no pudieron acertar mejor con su decisión. Su hijo comenzó a entrenar al equipo de la universidad en la que se había formado como jugador, como militar y como ser humano, trasladando la educación recibida en las aulas y el campo de batalla al parquet. Su conexión con el programa y sus jugadores fue plena.“Conocía la academia. Conocía West Point como jugador de baloncesto mejor que nadie, porque exactamente eso es lo que había sido. Fui el base del equipo por tres años y el capitán en la temporada 1969”, relata con los ojos vidriosos.Nadie puso en duda su capacidad como técnico. Nadie osó si quiera cuestionar su juventud. Era el hombre indicado y tenía todo a su favor para crecer como entrenador jefe en un entorno en el que muchos se hubieran sentido extraños y en el que él nadaba como pez en el agua. El temperamental y estricto Bobby Knight había tenido a Krzyzewski bajo sus órdenes en su época como jugador y se lo había llevado como entrenador asistente a Indiana a las primeras de cambio. Con un mentor así sólo se podía triunfar.

Con los años, y sobre todo en las décadas más cercanas a la actualidad, el nombre de Mike Krzyzewski ha sido sinónimo de la palabra victoria en el baloncesto universitario e internacional. Cuando ‘Coack K’ hizo su muesca número 1.000 en su revólver, el 25 de enero de 2015 en el Madison Square Garden y ante la universidad local de St. John’s, muchos fueron los que volvieron hacia atrás las agujas del reloj en busca de la primera piedra de la montaña de triunfos del entrenador de Duke. Todos acabaron en West Point, ante un joven técnico con pantalones campana de cuadros negros y dorados. “Sabía que era la mejor persona para el trabajo de entrenador de Army. Sabía que iba a ser un buen entrenador. Lo único que quería era desarrollar una cultura ganadora, ya que los chicos de la escuela no estaban acostumbrados a ganar”, explica el laureado técnico. En West Point la prioridad es la formación militar de futuros oficiales del ejército de Estados Unidos y el deporte está en un segundo plano, con el fútbol americano como caballo ganador debido a un pasado en el que se trataba del mejor equipo del país, el cual consiguió tres títulos nacionales consecutivos (1944-1946). El baloncesto estaba, junto al resto de disciplinas atléticas en el fondo del armario. En la temporada anterior a la toma de poder a Mike Krzyzewski, los Black Knights venían de lograr sólo tres victorias en 25 encuentros. En los cinco años de ‘Coach K’ controlando la pizarra del equipo se alcanzó el récord de 73 partidos ganados y 59 perdidos, con una aparición en el NIT, esa especie de torneo de consolación para las universidades que no lucharán por el título de la NCAA en el Gran Baile de marzo. “Creo que el programa de baloncesto de Army en West Point puede ofrecer a los jóvenes una de las mejores educaciones posibles en el mundo. Al mismo tiempo creo que el programa de baloncesto en Army puede ofrecer uno de los mejores programas deportivos del país”, aseguraba el entrenador en su tarjeta de presentación como head coach del equipo. Pronto hizo suficiente para demostrarlo.

El fútbol americano a la sombra del baloncesto

U.S. Pan American Games basketball coach Bobby Knight, left, demonstrates in this July 10,1979 what happened two nights earlier when he got involved with a policeman in San Juan. Knight demonstrates his reaction on assistant coach Mike Krzyzewski, right, as F. Don Miller, center, executive director of the U.S. Olympic Committee looks on. Knight is out at Indiana, ending three tumultuous decades at a school where he was one of basketball's best coaches but also one of its most volatile, The Associated Press has learned, Sunday, Sept. 10, 2000. (AP Photo)

Los que vivieron los años de Mike Krzyzewski como técnico de Army apuntan que el baloncesto no sólo le comió terreno al fútbol americano, sino que llegó a superarlo en importancia dentro de los muros de West Point. ‘Coach K’ inculcó estilo de juego al equipo y dotó de personalidad propia a la plantilla. Dos factores que enamoraron al resto de estudiantes y pusieron los cimientos de una afición que comenzó a apoyar a los Black Knights como nunca antes lo había hecho. Arriesgó, rompió los cánones y llevó a cabo cosas que, como él mismo reconoce, nunca antes se habían hecho en West Point… y funcionó. Las enseñanzas de Bobby Knight se materializaron en una de las mejores defensas del baloncesto universitario, forjada a base de inteligencia, entrega y trabajo duro. Tres máximas que permitieron a Krzyzewski poder desarrollar un juego estratégico a la altura de las maniobras militares que los mismos chicos que jugaban para él en la cancha desarrollaban también en los simulacros militares en los terrenos de West Point. La mentalidad, tal y como la recuerdan los jugadores de ‘Coach K’ hoy en día, era la de “hacer al rival sentir en sus propias carnes el significado de la palabra defensa en Army”. Un trabajo en equipo, a modo de batallón que luchaba por cualquier balón dividido, clavaba los pies para encajar los golpes que se convertían en faltas en ataque y robaba posesiones al enemigo como si les fuera la vida en ello. Una defensa tan indestructible como la cadena de acero que durante años impidió a la flota británica entrar en West Point a través del Hudson River y hacerse con el control de un punto estratégico que años después servía de hogar para uno de los equipos más complicados de derrotar de la NCAA. La falta de talento a la hora de reclutar y la imposibilidad de convencer a jóvenes prodigios que buscaban una beca universitaria de programas deportivos con los que terminar su formación escolar más cerca de la entrada al deporte profesional se suplía con un trabajo en equipo como pocos conjuntos en el país.

El estilo Krzyzewski, el estilo Knight

No pocos son los que recuerdan aquellos años de Mike Krzyzewski al mando de Army como una época en la que el técnico comenzó a fraguar su leyenda. Se habla de él como un clon de su maestro Bobby Knight. Enérgico, agresivo verbalmente con los árbitros y exigente con sus jugadores y la disciplina que trataba de inculcarles. Aunque todo esto con unos matices diferentes, propios, que hacían de él un entrenador distinto y especial. “Si no jugábamos lo que él llamaba 40 minutos de baloncesto al estilo de Army, íbamos a tener que escucharle en el próximo entrenamiento”, comenta uno de los pupilos de ‘Coach K’ en uno de los múltiples homenajes que recibió tras su victoria número 1.000 en la NCAA. “No te pedía nada que no se pidiese a sí mismo, y aún hoy se puede ver que sigue con su misma filosofía a los mandos de un programa tan diferente al de Army como es el de Duke”, continúa el mismo jugador. “Más te valía estar preparado para los retos que te planteaba porque también eran retos que se planteaba a sí mismo”. Un estilo propio que le llevó a conseguir la victoria en el primero de los partidos que dirigió en West Point y que significó el punto de partida del exitoso camino de alguien irrepetible en la historia del baloncesto. “La gente habla de los campeonatos nacionales que he ganado y todas esas cosas, lo cual está muy bien, pero ganar mi primer partido como entrenador universitario, con un grupo de estudiantes jóvenes fue realmente bueno y lo recuerdo con mucho cariño”, admite Krzyzewski. Por eso no es de extrañar que haya estado inculcando los mismos valores dentro y fuera de la cancha a cientos de jugadores que han pasado por sus manos, tanto en la NCAA como en el equipo nacional. Por eso no es de extrañar que cualquier excusa sea buena para que ‘Coach K’ haga una visita a West Point con los equipos que entrena y que quiere que se empapen de conceptos como trabajo en equipo, entrega, dedicación y patriotismo. Por eso se trata de una leyenda viva del baloncesto con un puesto asegurado en el Olimpio de la canasta, más allá del Naismith Hall of Fame, cuando guarde la pizarra en un cajón. Y cuando llegue ese momento, habrá que recordar que, antes de que las victorias, los títulos, las medallas y la repercusión mediática rodeasen a la figura de Mike Krzyzewski, con sólo 28 años se ganó la confianza y el compromiso de jugadores que ni siquiera sabían que sería uno de los mejores entrenadores de todos los tiempos.

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