Gustavo Ayón

La primera vez que vi a Gustavo Ayón en persona, octubre de 2010, llevaba puesto un cinturón de pesos y esprintaba de un lado al otro de una pista de baloncesto sin parar. Como si tuviera prisa por llegar a algún sitio. Había pasado cerca de media hora desde que sus compañeros del Fuenlabrada habían acabado de entrenar. Pero él seguía.

“No quiero sentir fatiga en los partidos”, me explicó. “No quiero cansarme durante los partidos. Por eso he pedido trabajo extra”.

Ayón acababa de regresar al Fuenla después de una doble cesión a Illescas (LEB Plata) y La Palma (LEB Oro) que, por momentos, fue muy frustrante para él. La idea inicial del club madrileño era volver a cederle, pues ya tenía dos extracomunitarios en plantilla: Esteban Batista y Gerald Fitch. Pero el estadounidense quedó fuera de juego por una grave lesión de rodilla e inesperadamente se abrió un hueco para Gustavo. Entonces el mexicano se vació para aprovechar la oportunidad.

“Vengo a cada entrenamiento como si fuera el último de mi vida”, me decía.

Porque él no vino a España para crecer poco a poco.

Porque, efectivamente, tenía prisa.

Ayón no empezó a jugar al basket hasta los 18. No disputó un partido de una liga de élite hasta los 24. Y con 26 se marchó a la NBA, que había sido su meta, casi su obsesión vital.

Cuando en diciembre de 2011 decidió aceptar la oferta de los New Orleans Hornets y romper su contrato con el Fuenlabrada estaba en ritmo de ser MVP de la ACB con unas medias de 15,9 puntos, 8,2 rebotes y 21,9 de valoración.

Ahora, tras un año de readaptación de Europa, aportando energía al mejor Real Madrid de siempre desde un prudente segundo plano, por fin ha retomado el camino exactamente donde lo dejó entonces.

El Ayón MVP de la Copa del Rey es el mismo jugador total que se vaciaba en cada entrenamiento en Fuenlabrada; el que llenaba cada minuto de sesenta segundos de intensidad frenética, pero mejorado por la experiencia y la madurez personal.

A sus 30 años, liberado de prisa y obsesión, este Gustavo Ayón es ahora mismo el valor más estable de un Madrid que ha vivido unos meses en convulsión permanente pero que vuelve a parecer listo para los partidos de la verdad.

El jugador insaciable y el equipo insaciable. Tiene sentido que hayan acabado juntos.