No es un tema actual que los jugadores de la NBA protesten por la cantidad de partidos que se disputan durante la fase regular de la liga norteamericana, un total de 82, cifra que para muchos de ellos podría ser reducida beneficiando la salud de sus protagonistas y sin afectar a la competición.

Una de las voces más autorizadas al respecto es la de LeBron James, que en el año 2014 se manifestaba sobre este asunto en la ESPN de la siguiente manera: “No es cuestión de reducir los minutos, no significan nada, sino que se trata de los partidos. Podemos jugar encuentros de cincuenta minutos si fuera necesario, pero todos los profesionales pensamos que son muchos partidos. La opción de acortarlos no es la solución”.

Con mayor repercusión y apoyándose en un mensaje impactante a la vez que vulgar, así se pronunció Kobe Bryant cuando todavía era jugador en activo: “Si pretendes reducir los minutos es mejor que se reduzcan los partidos, de manera que mejores tus números en los partidos televisados. Ahora cada partido de temporada regular es peor que una mierda”.

¿Dónde radica le problema? Básicamente en el dinero, y es que cada propietario de un equipo NBA calcula que gana una media de 173 millones de dólares por temporada, si dividimos esto entre los 82 partidos no figuraría un promedio de ingresos de 2.1 millones por encuentro, es decir, les costaría una pérdida de unos 25 millones por campaña. Si hablamos de equipos grandes de ciudades importantes como Nueva York, Los Ángeles o Chicago esta cifra sería aún mayor. Los propietarios y los jugadores cuentan con intereses enfrentados.

La cantidad exacta de 82 partidos comenzó a disputarse en los años sesenta, originalmente en la fundación de la competición se disputaban 48 duelos en una liga de siete conjuntos. El campeonato creció con éxito en número de equipos y con ello también el incremento progresivo de encuentros pasando por 80 y terminando con la cifra actual a mediados de los sesenta.

La clave, como en todo, radica en el equilibrio, y es que se pueden disputar menos compromisos teniendo en cuenta que el beneficio no descienda. Es el único camino para poner de acuerdo a dos de los tres agentes más importantes del baloncesto: jugadores y propietarios (el tercero serían los espectadores). La cifra se puede averiguar del mismo modo en que los estudios de mercado marcan el punto de equilibrio de un producto, ese en el que pese a la reducción de su precio no afecta al número de beneficios en ventas. Las televisiones y su oferta económica serían una variante muy importante a tener en cuenta.

Ya sucede con la NFL, muchos menos duelos por temporada, obligatoriamente aumenta la tensión por partido porque el margen de error para los equipos es mucho menor. Esto supone que también sería más difícil de prever un resultado. El fútbol americano no pierde espacio en los principales canales de televisión o los medios con derechos, tampoco sucede en la NCAA y su famoso March Madness, donde existe una evidente apuesta por concentrar todo el interés de la competición en 30 días muy específicos al año. Todas estas fórmulas podrían funcionar para no quebrar la oferta televisiva más grande de la historia del baloncesto norteamericano, la actual.

A modo de conclusión, hablar de reducir los encuentros en un curso es un tema recurrente cada año, fácil de hablar por parte de los jugadores pero complicado de realizar si nadie está dispuesto a perder. La potencial pérdida de beneficios obliga a encontrar un punto de equilibrio en la cantidad de duelos que se celebrarán cada año. Si no hay equilibrio económico estamos ante un debate estéril. ¿82 partidos? Así se decidió hace cinco décadas en la NBA, el panorama televisivo ha cambiado tanto a favor en lo económico que no parece ninguna quimera. ¿Quién da el primer paso?