Defina a Marcus Slaughter en tres palabras. Un ejercicio que cualquier aficionado puede plantearse, dando lugar a infinitos adjetivos y, posiblemente, ninguna combinación repetida. No obstante, en una aventurada propuesta, me atrevo con mis tres palabras: corazón, compromiso e intangibles.

Marcus Slaughter ha sido un referente de lo que el madridismo representa (o dice y quiere representar). Ha hecho del club su bandera y siempre ha hecho el trabajo sucio, incluso a costa de su propio beneficio personal.

La pasada temporada rechazó ofertas jugosas por quedarse en el Madrid pese a que solo podía jugar Euroliga. Maccabi presionó por él, pero sus billetes y minutos no consiguieron doblegar su pasión blanca. “Ganar la Euroliga con otro equipo que no fuera el Real Madrid no sería lo mismo. Si el Real Madrid gana la Euroliga en casa, yo no me lo quiero perder”, reconocería Slaughter en una entrevista con Gigantes en febrero de 2015, justo antes de levantar su segunda Copa del Rey. Como el mejor de los pitonisos.

Ha tenido que llegar el Darussafaka Dogus turco, poniéndole encima de la mesa un millón de euros limpios anuales (hasta 2017) para que renunciase a sus colores. Es su último gran contrato. Con 30 años, se asegura el mejor contrato de su carrera y seguir compitiendo al máximo nivel en Euroliga y la pujante TBL. Porque Darussafaka, cabe reseñar, jugó la temporada 13-14 en TBL2. Y, recién ascendido, ha quedado 3º en el campeonato doméstico.

El rey de los intangibles

La “providencial” llegada de un pasaporte cotonou de Guinea Ecuatorial le abrió las puertas del equipo, dejando fuera a Mejri o Bourousis, según decretase Laso. Posteriormente, el mismo pasaporte le daría más de un quebradero de cabeza. El escándalo se destapó cuando se descubrió que compartía exactamente el mismo número que el de Andy Panko, también expedido ese mismo año. Pero sobre pasaportes, circos y demás triquiñuelas legales actuales no es lugar de hablar.

Para el Real Madrid, Laso y sus compañeros poco importaba el porqué y cómo jugaba Slaughter. El caso es que estaba disponible para ayudar. Y su intensidad, garra defensiva y actitud marcaron un punto de inflexión en los blancos. En diciembre el Barcelona asestó un duro golpe en el Palau ganando el clásico. Sin Slaughter aún. De nuevo volvían las dudas, las críticas. Que si el proyecto hacía aguas. Que si Laso no merecía entrenar al Madrid. Que si sale el sol por el Oeste en lugar de por el Este.

El equipo en Euroliga era imbatible. Gracias, en parte, a la inestimable ayuda de Marcus. Pero en Liga Endesa no terminaba de cuajar. Su pasaporte dotó de regularidad al Madrid y de un perfil más que necesario en los esquemas de Laso. Tras la debacle blaugrana nada volvió a ser igual. Apenas dos meses más tarde levantaban la Copa jugando su mejor baloncesto de la temporada. Lo refrendarían en la ansiada Final Four y rematando con un soberbio 3-0 a un Barcelona descompuesto.

Slaughter es de esos jugadores que juegan en la sombra. Lo ha hecho durante sus 3 temporadas en el club blanco. Jamás dio una voz más alta que otra, salvo para animar. Ni una sola queja cuando perdió minutos en favor de Bourousis, incapaz de defender a un superlativo Tomic en la Final ACB de la temporada pasada. Ha capeado las críticas a sus pelados 205 centímetros con la mejor de sus sonrisas. Y la decisión de que solo jugase Euroliga hasta lograr un pasaporte con estoica paciencia.

Tal vez no sea un jugador determinante a la hora de definir un campeonato. Ni tan siquiera para ser galardonado como la cara visible del equipo, acaparando titulares y portadas. Pero ningún éxito puede entenderse sin un jugador como él. Son los “Slaughters” de turno los que ayudan a que esos titulares se escriban. A que esas portadas enfoquen a sus compañeros.

El legado de Slaughter

En enero de 2014, preguntado Pablo Laso sobre el papel de Marcus Slaughter, el entrenador madridista no dudó en calificarle como “el mejor defensor de Europa“. Sin ánimo de pretender contradecirle, nos conformaremos con decir que realmente sí es uno de los mejores. Consciente de sus limitaciones, tanto técnicas como de altura, Slaughter tapa sus carencias rodeándose del trabajo colectivo.

Marcus Slaughter, capaz de saltar 1.60 metros en vertical | Foto: Ángel Rivero, MARCA

Marcus Slaughter, capaz de saltar 1.60 metros en vertical | Foto: Ángel Rivero, MARCA

Individualmente es más limitado, pero gana gracias a su sentido de equipo. Hace mejores a sus compañeros, tapa sus espaldas y posee una gran percepción del campo, midiendo tempos a la perfección tanto en ayudas, recuperaciones hacia la zona o cambios en los pick&roll. Actualmente, no tiene el Madrid ningún otro perfil similar de pívot. Laso encontraba en Slaughter un bastión defensivo con el que comenzaba el ritmo trepidante de los suyos.

Los cambios en el pick&roll gracias a su movilidad, agilidad y capacidad para defender hombres pequeños son cruciales en el sistema defensivo de Laso. Permite a sus exteriores no desgastarse tanto atrás persiguiendo anotadores y rotar por el campo para que el segundo pívot caiga hacia la zona mientras Slaughter y su par deciden si recupera su posición o si jugar un pequeño-grande contra Marcus. Ni Ayón, ni Felipe, ni ahora Willy son tan atléticos y móviles como para jugar esas situaciones.

Slaughter, además, tiene la innata capacidad de tapar huecos y líneas de pase, cortocircuitando ataques desde el exterior cuando sale y recupera o fajándose en la zona para impedir que llegue el balón a su par, habitualmente bastante más alto que él. Quemando segundos en ataque el Madrid consigue tiros precipitados, rebotear con facilidad y salir al galope. Pero, además, la energía e intensidad, unido a sus cualidades defensivas, pueden cambiar el ritmo de un partido y contagiar al equipo.

Era un pívot ideal en los esquemas de Laso, pues no requería de balón en ataque, permitiendo a los exteriores, donde se concentra la mayor parte del talento madridista, brillar a gusto. Era, como se conoce habitualmente, un facilitador del trabajo.

El Real Madrid busca ahora un pívot de corte similar. Sin prisa, pues tiene plantilla para aguantar el inicio de liga sin apuros. Pero sin descuidarse. Slaughter deja como legado un sinfín de variantes en los sistemas de Laso. Pero también un legado humano. Caló hondo entre la afición primero con sus vuelos endiablados y sus mates salvajes. Y, después, reinventándose como madridista orgulloso y defensor intenso. La clase de tipo que se idolara a ultranza.

Se va dejando amigos en el vestuario, en la prensa y entre los propios aficionados. Jamás se escuchó una sola palabra que hablase mal de él. Y, sobre todo, se va dejando una ciudad que cautiva a cuantos pasan por ella. Porque Slaughter, como antes sucediese con otros tantos, ha disfrutado hasta los últimos rincones de Madrid.

“Me retiraría en el Madrid”

El californiano, tipo simpático, cae bien en todas las aficiones, sea madridista o blaugrana. Sevillano o gallego. Siempre amable con el aficionado, es habitual verle pararse a firmar a cada chaval. A hacerse cuantas fotos sean pertinentes. Que nadie se vaya sin su recuerdo con él antes de subir al bus. Un ejemplo de deportista más allá de la cancha, que entiende que el último fin del deporte es vivir y morir por el aficionado. Incluso por encima de levantar títulos. Porque, sin ellos, no hay nada.

Marcus seguirá bailando, riendo, disfrutando. Él era el primero en pedir a los fotógrafos que le enfoquen besando el escudo, empapado en el éxtasis de la celebración tras levantar cada copa. En liderar los bailes del vestuario con la (dichosa) canción del taxi. El primero en hacer piña abrazándose hasta a las columnas. Y, aunque no todo fueron siempre flores, su huella, imborrable ya, le lleva al altar de los americanos ilustres que jamás vistiesen la camiseta blanca.

Por carisma, por actitud, por valores. Ha sido todo un emblema merengue y se marcha como tal. Ha tenido que llegar una oferta irrechazable para que apartase sentimentalismos y cambiase de aires. Porque Slaughter bien firmaría las palabras que hace un año confesaba Dontaye Draper, compañero de fatigas en el palco del Bernabéu, a quien esto escribe: “Me hubiera encantado acabar mi carrera en el Real Madrid. Pero ya tengo treinta años. Quiero jugar un par de años más al máximo nivel con buenos minutos”.