MRFEROctavaNovena

Veinte años, diez entrenadores y más de un centenar de jugadores. Es lo que le ha costado al Real Madrid sumar su novena Copa de Europa, el título que calma sus urgencias históricas y que le permite, por fin, pasar página. A los madridistas se les acabó anhelar los días de Sabonis y Obradovic con esa melancolía tan peterpanesca de nuestros tiempos. Y maldecir los infortunios vividos a lo largo de dos décadas. Ahora el equipo blanco ha actualizado su historia y sus recuerdos no pueden ser más frescos. Ahora puede continuar su camino libre de cargas… Al menos por un tiempo.

Con la colaboración inestimable de los campeones de la Liga Europea de 1995, durante tantos años, y hasta hace solo un par de semanas, ‘Los últimos en lograrlo’, analizamos el significado del nuevo título blanco y lo que tiene en común con el anterior.

 

Tranquilidad, al fin

Algunos presenciaron la consecución de la Novena Copa de Europa blanca desde el mismo Barclaycard Center, otros la vieron por televisión desde sus casas y otros ni siquiera la vieron, pero ninguno puede negar el vínculo que les une con ella. Bien por madridismo vigente o por la similitud evidente entre dos grupos que triunfaron en la competición más exigente de Europa en un contexto pleno de dificultades.

Este título lo que da es mucha tranquilidad después de unas urgencias tremendas”, nos explica Antonio Martín. “Han sido veinte años sin tener un título que casi va en el ADN del Real Madrid. Los que hemos estado ahí sabemos que eso da unas dosis de tranquilidad brutal. Y a mí, alegría de ver al equipo en lo más alto”, añade. “Para los que lo ganamos en el 95 ha sido una alegría, claro”, coincide José Miguel Antúnez. “Era un periodo excesivo para un club como el Real Madrid. No se podía permitir tanto tiempo sin ganar la Euroliga”.

Y es que han sido dos décadas repletas de intentos, con proyectos cortoplacistas y otros de largo recorrido; equipos muy meditados y otros improvisados; entrenadores de la casa, novatos y consagrados y un centenar largo de jugadores entre los que encontramos canteranos más o menos pasajeros, hombres de rotación, estrellas, temporeros, revelaciones, experimentos, fiascos… Veinte años han dado para mucho en la casa blanca.

con-letrero-y-logo

Vi la final en el Palacio y me puse en la piel de los jugadores”, nos cuenta José Lasa, el segundo base blanco en el título del 95. “Sabes lo que supone llegar, la necesidad como competidor e integrante del Real Madrid, donde la derrota es difícil de digerir. Sabes, en cada final a la que llegas, que será muy difícil que la vuelvas a vivir. Y ésta posiblemente era un punto de destino. Mucha gente en este equipo tenía un prurito, una necesidad de ganar la Euroliga. En el Real Madrid cualquier final es imperativo que la ganes, pero si encima has perdido las dos anteriores, imagina”.

Real Madrid’95 y Real Madrid’15, hermanados en la necesidad

En 1995 el Real Madrid acumulaba quince años sin ser campeón de Europa; en 2015, veinte. En ambas ocasiones, el Madrid tenía un equipo construido para triunfar de una vez por todas en el continente después de varios batacazos. En ambos casos, jugadores y entrenador experimentaron un elevado nivel de presión para conseguir el éxito más preciado en el club blanco. Son los puntos de conexión claros entre los dos grupos. Aparte de esto, lo cierto es que Octava y Novena admiten pocas comparaciones más. Sobre todo por el baloncesto que se practicaba entonces y el que se practica ahora.

Nosotros jugamos en una época muy diferente”, razona Ángel González Jareño, el asistente de Zeljko Obradovic en el club blanco. “Ahora se juega con mucha rotación, mucho banquillo. Nosotros teníamos dos jugadores que tiraban del carro y los demás ayudaban. Como decía Isma Santos, jugábamos con tres defensas y dos delanteros: Sabonis y Arlauckas. Y tenía razón. Ese concepto en el baloncesto actual no existe. La idea de equipo es diferente”.

laso-declas-martin

El contexto y el estilo no tienen nada que ver”, expone Antonio Martín. “No llegan a ser dos deportes distintos, pero hay circunstancias que no tienen nada que ver. Y las propuestas de Obradovic y Laso son muy diferentes. Es difícil comparar épocas pero el equipo de ahora es mucho más completo, sinceramente. En 1995 teníamos un jugador extraordinario –Sabonis–, otro jugador muy, muy bueno –Arlauckas– y luego estábamos gente a la que un entrenador muy capaz de competir nos hacía entender lo que teníamos que hacer para ganar. En cuanto a presión, es difícil decir qué equipo sintió más. Lo que sí te puedo asegurar es que la presión que ha tenido Laso para ganar la Euroliga ha sido muy superior a la que tuvo Zeljko”.

Es muy difícil comparar épocas”, apunta Lasa. “En ambas tenías una presión clara; en nuestro caso, porque se había fichado un jugador y un entrenador expresamente para ganar la Liga Europea. Ahora mismo en Europa no existe una figura parecida a Sabonis; un jugador tan claramente superior, determinante. Sería como si un equipo europeo tuviera a Pau o a Marc Gasol”. Obviamente, estaría casi obligado a ser campeón de todo.

En lo que sin duda empatizan es en el proceso de construcción de un equipo campeón. En su caso también arrancó varios años antes del éxito europeo. Y ellos también aprendieron a base de golpes.

 

Un trauma llamado Limoges

En el verano de 1992 Arvydas Sabonis llegó al Real Madrid con el objetivo claro de cortar una sequía de títulos importantes como no se conocía en la sección: 6 años sin ganar la Liga y 12 sin ganar la Copa de Europa. El lituano firmó por tres temporadas y una cantidad astronómica para la época: 200 millones de pesetas netos por campaña –el presupuesto del Madrid rondaba los 1.000–. A Sabas no había necesidad de recordarle lo que necesitaba el Madrid esos títulos, pues su reloj biológico actuaba de motivador natural. “Sabonis, cuando jugaba fuera de España, salía a la cancha de otra manera. Él tenía la Liga Europea marcada con una equis. Era la competición que le faltaba y la quería conseguir como fuera antes de irse a la NBA”, recuerda Jareño.

El efecto Sabas se notó inmediatamente. El equipo que dirigía entonces Clifford Luyk ganó la Copa del Rey en A Coruña y su concurso en la Liga Europea se asemejó a un paseo triunfal (12-2 en la fase regular y un inapelable 2-0 al Virtus Bolonia en cuartos de final) hasta la Final Four de Atenas’93. Las expectativas eran máximas. Encima, el primer rival, el Limoges, parecía propicio. Sin embargo, lo que ocurrió allí fue uno de los peores tropiezos de la historia de la sección madridista.

El equipo francés, dirigido por Boza Maljkovic, convirtió el parquet en un lodazal y los cuarenta minutos de juego en un show de lucha libre con un balón de baloncesto de por medio. El Madrid apenas lanzó 35 tiros de campo en todo el partido –no llegó a 1 por minuto–, ninguno en los últimos tres minutos y medio de juego. El patético 52-62 final lo dice todo. Sabonis, habitualmente parco en palabras con los medios de comunicación, lo resumió así: “¿52 puntos? ¿Qué es eso para ganar? Nuestro partido ha sido una mierda. Hemos estado muy tontos y así nos ha ido. Dicho esto, no me molestéis”.

Dos días después el Limoges también hizo morder el polvo al Stefanel de Toni Kukoc con un esquema parecido. El técnico del equipo italiano, Petar Skansi, proclamó tras perder la final: “Esta tarde ha muerto el basket”. Maljkovic respondió: “Que mi amigo Skansi me deje a Kukoc y coja al jugador mío que quiera y ya veremos quién practica el antibaloncesto. Lo único que hago es amoldarme al grupo que tengo”.

Gracias a ese título, el modelo de baloncesto control del Limoges se expandió como la pólvora entre quien quería tener alguna opción de ganar en Europa; sobre todo en los equipos modestos.“El Limoges cambia la historia porque demostró que se podía ganar a equipos grandes de una cierta manera. Por eso en los años posteriores a la F4 de Atenas se jugó diferente”, explica Lasa. “De repente se cae en la cuenta de que con jugadores muy físicos se puede parar el talento de otros equipos. Se deja de jugar alegre para hacerlo más controlado, con muchos sistemas y un scouting brutal. Se trataba de minimizar errores y ocultar tus defectos”.

El Real Madrid se rehizo de aquella debacle para ganar la Liga 1992-93, cumpliendo el primero de los objetivos para el que Sabonis había sido contratado.

En el siguiente verano el Madrid cambia la pareja de extranjeros –en Copa de Europa solo podían jugar dos– que acompañaban a Sabas: Arlauckas y Kurtinaitis por Mark Simpson y Ricky Brown. Volvía a parecer listo para el reto europeo. Mucho más cuando se volvió a cruzar con el Limoges en fase regular y lo derrotó por 45 puntos (81-36) en el Palacio. Un partido antológico con una defensa implacable y un ataque de fantasía.

 

Pero en los cuartos de final, contra el Joventut y el factor cancha a favor, un nuevo trauma. La Penya eliminó al Madrid por 0-2, marcando el final de la etapa de Luyk, al que ni le salvó ganar también la Liga ACB 1993-94 unas semanas después.

1994-95: Un contexto poco favorable

Mientras Luyk dejaba el banquillo, la plantilla se mantenía al completo sin una sola novedad; en parte por la confianza en el bloque, en parte por falta de liquidez. Y aunque el primer nombre que sonó para sustituir a Clifford fue Maljkovic, Mariano Jaquotot, vicepresidente del Real Madrid y gran valedor de la sección, cerró la contratación de Zeljko Obradovic, campeón de Europa en dos de los tres años anteriores, una vez que la Penya no pudo retenerlo por problemas económicos. En su presentación el serbio no se escondió: “Vengo al Madrid a ganarlo todo”.

Con Sabas en la cancha y un técnico talismán en el banquillo, el objetivo principal no podía estar más claro.

Recuerdo que esa temporada básicamente estaba centrada en la Final Four, que además iba a ser en Zaragoza. Sabíamos que probablemente era la última oportunidad para muchos, porque jugadores importantes iban a salir. Y ya tenías en la mochila lo de los años anteriores. Una vez habíamos llegado y perdimos y la otra no nos metimos por fallar con el factor cancha a favor. Todo hizo que el objetivo principal fuera la Final Four, sin autodescartarse para los otros”, rememora Lasa.

sabas-arlauckas-copia

No obstante, el Madrid empezó a acumular problemas extradeportivos desde antes incluso de empezar la temporada. El 15 de agosto de 1994 falleció a consecuencia de un cáncer Jaquotot. Sin su protector, y en vísperas de unas elecciones a la presidencia del Real Madrid, la sección de baloncesto experimenta una incertidumbre bastante real: ¿Se escindirá del club? ¿Mantendrá su presupuesto? ¿Podrá seguir siendo competitiva?

Pedro Ferrándiz, Pedro Antonio Martín Marín y Juan Antonio Corbalán, los hombres designados para manejar el baloncesto en las candidaturas de Ramón Mendoza, Florentino Pérez y Santiago Gómez Pintado, respectivamente, anduvieron a la gresca durante toda la campaña. Ferrándiz, con que si Martín Marín haría desaparecer al Real Madrid como había hecho desaparecer al Villalba. Martín Marín, con que si en el último periodo de Ferrándiz como general manager el Madrid solo había conseguido ganar el Torneo de Navidad.

Finalmente, el 21 de febrero Mendoza consiguió ser reelegido. Acto seguido, el hombre fuerte de su candidatura, Ferrándiz, nombró a Mario Pesquera como manager de la sección con plenos poderes.

Todos esos episodios de agitación tuvieron eco en la cancha. Obradovic se empieza a quejar de que con tantos viajes y partidos casi no puede entrenar. Una plaga de lesiones hace que los pocos jugadores sanos acumulen demasiados minutos en pista. El Madrid cierra 1994 en séptima posición en la ACB con 11 victorias y 9 derrotas. A finales de enero, tras un nuevo tropiezo en Vitoria, Obradovic denuncia que no recibe el mismo trato que los otros entrenadores “por ser yugoslavo”. Dos semanas después, tras caer en León por tercera jornada seguida, Antúnez y Biriukov empiezan insultándose sobre el parqué y acaban a empujones. En la Copa del Rey son eliminados en semifinales por el Taugrés.

El Real Madrid cerraría la liga regular de la ACB en cuarta posición con 15 derrotas en 38 partidos… Y sin embargo en Europa funcionaban.

Yo nunca oí en el equipo la frase ‘El objetivo esta temporada es ganar la Liga Europea’. Otra cosa es que en los partidos europeos la gente salía de otra manera”, recuerda Jareño.“Se vivía diferente pero no porque fuera el único objetivo sino porque cuando llegó Zeljko todo el mundo pensó que podíamos ganarla. No había un acuerdo tácito. Nosotros lo queríamos ganar todo, pero nos costó mucho jugar bien y acostumbrarnos a las nuevas formas de trabajar. De ahí la irregularidad”.

Obradovic salía con nosotros también. Él es un antiguo jugador y yo jugaba contra él. Él me defendía a mi y yo a él. Es normal que lo hiciera porque somos de la misma quinta (se llevan tres años). Él confiaba plenamente en los jugadores, con Zeljko puedes hacer lo que te de la gana pero tienes que rendir en los partidos. Y si no lo hacías te castigaba sin jugar”,explicaba Chechu Biriukov a EJDN la semana pasada.

El equipo estaba casi obsesionado con Europa y después en la ACB las cosas fueron un poco irregulares”, apunta a su vez Pep Cargol, hoy técnico asistente del CAI Zaragoza. “Sí éramos conscientes de que era nuestra oportunidad y había que aprovecharla. Eso lo teníamos claro todos”.

Fue un año nada fácil. Complicado. Pero las cosas en Europa funcionaron muy bien; la gran asignatura pendiente era la Copa de Europa y quizás inconscientemente nos centramos en ellos. Y fue muy bien”, dice Antúnez.

Unidos por un objetivo

Si en las competiciones nacionales todo eran problemas, en Europa el rendimiento era muy superior, con Sabonis (21.8 puntos y 11.2 rebotes de media en esa Liga Europea) y Arlauckas (19.5 puntos) pletóricos. El Madrid alcanzó los cuartos de final como segundo de su grupo (9 victorias, 5 derrotas), eliminando allí a la Cibona por la vía rápida (2-0). Delante de ellos, solo la Final Four de Zaragoza.

Sabas-euroleague-copia-2

Lo bueno de ese equipo es que con las disparidades de edades y origen, en el fondo todos teníamos muy claro lo que había que hacer para ganar”, recuerda Lasa. “Se anteponía lo colectivo a lo individual. Y el hecho de haber jugado juntos muchos años fue bueno porque en cada uno de nosotros estaba el recuerdo de la derrota contra el Limoges y la eliminación contra el Joventut; eso fue clave para poder ganar en 1995. Además, la nueva gente que había entrado en el club quería hacer un equipo nuevo. Lo teníamos claro muchos: aquella podía ser nuestra última oportunidad”.

Además de Sabonis, el Madrid tenía a Obradovic, maestro de las fases finales.

En los equipos que ganaban la Liga Europa había siempre yugoslavos detrás. Siempre se especulaba mucho con el resultado, los tanteos eran bajos, se jugaba muy controlado, no se arriesgaba. Mira lo que pasó con el Barcelona. Con Aíto hacía un baloncesto muy espectacular pero luego siempre se estrellaba en las fases finales. En cambio los que jugaban más controlado terminaban ganando. Ese era el clima que imperaba entonces. Había una idea, que si se jugaba a menos puntos y controlado, el equipo tenía más opciones de ganar. Y la realidad daba la razón a los que pensaban así”, dice Jareño.

El Real Madrid siguió ese plan al pie de la letra, derrotando al Limoges en semifinales y al Olympiakos en la final (73-61) con un perfecto ejercicio de pragmatismo. “Nosotros jugábamos un baloncesto práctico alrededor de Sabonis”, señala Cargol. “En la final cogimos una renta y luego la supimos administrar. Se trataba de cometer muy pocos errores, esa era la idea. Jugábamos posesiones largas; no era un juego dinámico, sino de control. Y en defensa apretábamos mucho. Santos, García Coll, Antúnez y yo mismo éramos muy agresivos”.

 

Quince años después, el Real Madrid volvía a ser campeón de Europa. Los jugadores habían aprovechado su ‘última oportunidad’. Incluido Sabonis, al que ya se daba por marchado a la NBA. Antúnez recuerda perfectamente la primera reacción del lituano tras saberse campeón de Europa:“Cuando acabó la final me acerqué a por el balón del partido pero Sabonis llegó un segundo antes, lo agarró y ya fue imposible quitárselo. Decía ‘Este es mi título, llevo mucho tiempo detrás de él. El balón es mío’. Poco se podía discutir con él al respecto. Sabas era un ganador, con un potencial increíble. Puede que el mejor europeo de todos los tiempos. Fue un honor compartir equipo con él”.

Nada más acabar la final, Obradovic le dedicaba el título a Mariano Jaquotot, el hombre que le había fichado. En otro lado de la pista, Mendoza, eufórico, aseguraba que todo seguiría igual con la sección de baloncesto. Que todo volvía a la normalidad.

Una historia familiar

Más que paralelismo exclusivamente entre nuestra Euroliga y la de ahora, hay paralelismos con cualquier equipo preparado para competir. En el 95 éramos un grupo fuerte, psicológicamente estable, con carácter y experiencia. Un grupo que se había unido porque las cosas no habían ido bien en ocasiones anteriores y lo ponían todo para sacar adelante una situación. Esas dinámicas ganadoras se repiten siempre que un grupo consigue un éxito”, expone Cargol.

La Euroliga de 2015, lograda con un esfuerzo coral, con un protagonista diferente en cada partido, poco tiene que ver en lo deportivo con la del 95, donde Sabas y Arlauckas aportaban el 55% de los puntos madridistas. Tampoco en el estilo de juego, porque aunque el actual Madrid sí haya dado un giro hacia lo práctico para triunfar donde falló en las finales anteriores, las bases de su baloncesto dinámico y vistoso siguen presentes. “Mantener una idea de juego es crucial, igual no se da el crédito justo. Este Real Madrid atrae al pabellón a mucha gente,  que igual es tanto o más importante que los títulos”, dice Lasa, actualmente socio en el despacho Laffer Abogados, especializado en derecho del deporte.

“Me llevé una gran alegría”, reconoce Jareño, que siguió la final desde su casa en León, donde espera que le asignen un nuevo banquillo. “Pablo Laso se lo merecía; tenía una gran deuda pendiente. El baloncesto que hace el Real Madrid es muy espectacular, divertido, muy atractivo. Ha sido capaz de ganar la Euroliga rompiendo los esquemas anteriores”.

“No sé cuál de las dos fue más diftrcil de conseguir. Quedar campeón de Europa, sea el año que sea es muy muy difícil. Es un camino muy jorobado”, sentencia Antonio Martín.

“Este Madrid es un equipo con mucho talento pero sobre todo tenía mucha hambre por ganar esa Euroliga. La experiencia de haber estado en esa F4 en ocasiones anteriores yo creo que eso les dio mucha información sobre cómo afrontar psicológicamente la de este año. Pero la clave sobre todo fueron esos jugadores que ficharon para redondear lo que faltó en años anteriores: Rivers, Maciulis, Ayón y Nocioni”, añade Cargol.

En 1995, el título que ellos consiguieron permitió que el Real Madrid de baloncesto gozara de crédito renovado y aparcó por un tiempo los debates sobre su estatus dentro del club y su presupuesto. En 2015, la Euroliga parece haber garantizado que una apuesta arriesgada por el baloncesto-espectáculo, totalmente a contracorriente de lo que se practicaba en Europa cuando el Madrid de Laso apostó por ella, tenga unos cuantos años más de vigencia. ¿Cuántos exactamente? El recuento de títulos y las urgencias decidirán.