No están siendo unos Juegos Olímpicos cómodos para Ricky Rubio, la pérdida de su madre el pasado mes de mayo ha supuesto un auténtico agujero para alguien caracterizado por su sonrisa en una pista de baloncesto. La magia del base de El Masnou se apagó desde que conoció la enfermedad de Tona Vives, y a miles de kilómetros de distancia le hizo recapacitar sobre el orden de las cosas, cuestión de prioridades, pero también de responsabilidad.

Gracias a que Associated Press pudo compartir unos minutos a solas con Ricky durante su estancia en Río de Janeiro, hemos podido conocer un poco más sobre un tema tabú, no de manera declarada, pero es cierto que nadie había querido hasta ahora preguntarle por ello. Uno de los temas más duros a los que ha tenido que hacer frente en su vida se convirtió en una sombra que le acompaña en estos quince días, los quince días que tenía marcados en el calendario desde hace cuatro años, el destino es en ocasiones muy cruel.

En esa charla cuentan que los últimos meses de Ricky en Minnesota durante la pasada temporada fueron dolorosos viendo desde la distancia cómo la pelea contra la enfermedad iba consumiendo lentamente a una de las personas que más quiere. Llegó incluso a preguntarse en algunos momentos si debería estar jugando, es comprensible teniendo en cuenta las aspiraciones de los Timberwolves en el tramo final de la liga regular: “A veces por la noche, durante la temporada, me sentía en el infierno”.

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La rutina de partidos de la NBA no ayuda, se pasan largos ratos fuera de casa, concentrados en hoteles y haciendo largos recorridos en avión, Ricky se sinceró con los compañeros de Associated Press: “Me despertaba en Sacramento, en Los Ángeles, quién sabe… en medio de la noche, solo en un hotel y pensando por qué estaba ahí, si realmente valía la pena”.

Ha sido un año complicado en Minnesota. El fallecimiento de su entrenador Flip Saunders por un linfoma en octubre, a punto de comenzar la temporada, dejó tocada a toda la institución, pero en concreto a Ricky Rubio. Su hijo era asistente del equipo y durante toda la temporada le sobrecogió verle a su lado, le iba tocando día tras día porque inevitablemente se ponía en su situación.

Después llegaría lo peor, el regreso a España al terminar el curso en la NBA y compartir las últimas semanas junto a su madre, que finalmente fallecería con 56 años el pasado 25 de mayo. Llegó incluso a plantearse su presencia con la Selección Española en Río, algo impensable en otras circunstancias teniendo en cuenta su vínculo con el equipo nacional desde que debutara con 16 años. “En un primer momento, cuando todo sucede, te paras a pensar qué es lo mejor, si estar con la familia de nuevo en casa o sacrificar todo una vez más por un objetivo, que era la medalla de oro, y dedicársela a ella”. Sin lugar a dudas, su ausencia en Londres 2012 por lesión también influyó en su decisión. Aquella ausencia en la final ante Estados Unidos le hizo prometerse a si mismo que estaría en 2016 ayudando al equipo.

Una vez en Río, el mal inicio de la Selección no ayudó demasiado a que Ricky recuperara la sonrisa. Faltaba alguien en la grada, una habitual que no se perdía ningún partido de su hijo con España. Además se caía en los dos primeros compromisos ante Croacia y Brasil: “Tenía muchas cosas en mi cabeza, empecé con dudas. Llegué a pensar si todo este sacrificio había merecido la pena. Puse mucha presión sobre mi mismo, como lo he hecho en toda mi carrera. En aquel momento decidí olvidarme de toda esa presión y simplemente jugar para divertirme, desarrollar mi juego y disfrutar de lo que hago”.

Muchos deportistas definen los Juegos Olímpicos como la competición ideal para superarte, para encontrar tu máximo nivel, el momento cada cuatro años en los que logres encontrar la mejor versión de ti mismo para mostrárselo al mundo. Ricky Rubio ha vivido su particular olimpiada desde mucho antes que se inauguraran los Juegos de Río en Maracaná. Un largo recorrido que quizás aún no haya encontrado su etapa final, pero que le ha servido para ser capaz de dominar emociones incontrolables, una experiencia vital de la que en tantas ocasiones vivimos al margen periodistas y aficionados. Detrás de cada deportista de élite hay mucho más que dinero, sponsors y éxito. Las peores experiencias de la condición humana no son esquivas para ellos, y cuando llegan, los focos y las cámaras siguen ahí, exigiendo un rendimiento. El mejor homenaje que Ricky podía hacerle a Tona fue seguir jugando, seguir sonriendo en una pista, como siempre lo ha hecho cuando ella estaba en la grada.

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