BasketSobreHielo

La selección española ha salvado el pellejo por un pelo –vale también por un tiro libre fallado por un tipo todo adrenalina llamado Schröder, que quiso ‘enterrar’ incluso a su compañero Nowitzki- y comienza ahora la fase de revestirse de unos poderes que hace años le sobraban y ahora le resultan escasos. Si en Polonia, en 2009, cuando consiguieron el primer oro europeo, los españoles tenían a todos y entonces el batacazo sí que hubiera sido de aúpa si hubieran perdido aquel partido ¡ay! ante Gran Bretaña, ahora el equipo de Scariolo está muy cogido con alfileres y a la mínima que uno de los que tiene que dar la cara no lo hace, el sufrimiento es mayúsculo.

Si Mirotic, los Sergios, Reyes o Rudy –éste, muy tocado de la espalda– no están al cien por cien ante canasta, el equipo sufre porque atrás no están jugadores que como Ricky, con esos brazos, y Calderón, con aquellas piernas, frenaban en primera línea a los enemigos. Y claro, tampoco están Marc e Ibaka, con los que los defensores del balón vivían mucho mejor porque sabían que tras su fallo venía la gloria del tapón para el compañero. Por ahí, por la defensa de los exteriores, se descosió este equipo ante Serbia, ante Italia y casi ante Alemania. Y todo pese a tener a un Pau excelso en ataque –y eso que le pegan– y esforzado en defensa, pero que tiene un límite, que esperemos sea mayor de lo que todos pensamos.

España ha jugado hasta ahora más sobre una pista de hielo que sobre parqué. Se ha sostenido a duras penas.

España ha jugado hasta ahora más sobre una pista de hielo que sobre parqué. Esto es, se han sostenido a duras penas. Equilibrio inestable ¿Qué tiene que cambiar para un equipo en el que cuentan ocho jugadores (Ribas y San Emeterio, además de los mencionados, y Hernangómez dando breves descansos al esforzado Pau; a buen nivel, por cierto, los tres) para que las zapatillas se asienten sobre la pista y no resbalen continuamente y se metan en la final? Pues un milagro, la verdad. Que se revistan de héroes, porque el camino no invita precisamente al optimismo.

Echemos las cuentas de la lechera. En octavos de final toca la Polonia de Adam Waczynski, alero de Obradoiro, y del hercúleo Gortat. Es la línea mínima que hay que superar para estar entre los ocho primeros –lo que, en caso de fallo, después permitiría luchar por las plazas que dan derecho a disputar el Preolímpico–. Vale, se pasa. En cuartos esperaría, a priori, la invicta Grecia de Spanoulis, Pananikolaou, Printezis y compañía. Un trago.

Lo bebemos. ¿Y quién se supone que estaría esperándonos ya a las mismas puertas de pasar a la final? La odiada Francia, la odiosa Francia, la también invicta Francia. Deportiva y metafóricamente hablando, por supuesto. La que nos echó de ‘nuestro’ Mundial, que esta vez juega en casa y cuenta con todos: Parker, Diaw, Batum… ¿Qué mejor revancha? Otro trago.

Y ya con el buche lleno de beber, para la final, ya más que relajados, otra vez Serbia, contra la que empezó todo. Como en Polonia 2009, exactamente igual… Quién sabe… Pero esto son sólo cuentas. O un sueño. A no ser… que esta selección de Scariolo confirme que es el mejor equipo de Europa de basket sobre hielo.