RMTres derrotas claras seguidas para el Real Madrid: semifinal de la Supercopa ante el Unicaja, NBA Global Games frente a los Boston Celtics y debut en la Liga Endesa contra el Valencia Basket. Bien es cierto que la de en medio se produjo en un partido de exhibición en el que el Madrid puso cero entusiasmo. Pero tres derrotas en una semana en un equipo que viene de hacer la mejor temporada en la historia del baloncesto español es algo para tener en cuenta. ¿Indicativo de que al Madrid se le ha acabado la magia o solo un problema pasajero?

El 20 de septiembre seis jugadores madridistas estaban disputando la final del Eurobasket. Mientras, sus compañeros internacionales americanos, Nocioni y Ayón, realizaban sus primeras sesiones de entrenamiento con el grupo. Y uno de sus fichajes, Jeff Taylor, caía lesionado con un problema muscular.

Sin solución de continuidad el Madrid tuvo que viajar a Brasil para disputar la Copa Intercontinental, una competición sin demasiado fuste –no será verdaderamente Intercontinental mientras no incluya al mejor equipo de América, es decir, al campeón de la NBA–, pero un título al fin y al cabo. Y para un club como el Real Madrid, ávido de éxitos, era imperativo ganarlo.

Lo hicieron, pero al precio de llegar al primer título nacional, la Supercopa, exhaustos y sin chispa. Rudy lo ha reconocido. En Málaga el Unicaja le dio un buen revolcón, igual que los Celtics y el Valencia, aunque en este último caso el Palacio y la casta de sus jugadores hicieron creer en la remontada. Si no llegó es porque, sencillamente, están fundidos.

El Madrid de los récords, el Madrid del Showtime, lo fue partiendo desde la defensa. Y ahora mismo no tienen las piernas necesarias para encontrar el nivel adecuado atrás.

El domingo, los interiores del Valencia, especialmente Bojan Dubljevic y Justin Hamilton, martirizaron a sus colegas madridistas con su juego variado: ahora finalizo el pick and roll, ahora la pido al poste bajo, ahora te saco fuera porque si me dejas solo las enchufo de tres. Los bases también sufrieron lo suyo. Y como ya no está Marcus Slaughter –que se fue gratis, como nos contó su agente la semana pasada–, por más que Laso moviera el banquillo nadie era capaz de imprimir un ritmo diferente.

Perder la Supercopa no es una tragedia para el Madrid. Tampoco caer en casa a la primera ocasión. Ni sumar algún tropiezo en la primera fase de la Euroliga que comienza esta semana en Rusia (contra el Khimki, uno de los equipos que más y mejor se ha reforzado este verano en Europa). Ensuciaría un poco la hoja de servicios, pero es un mal menor. Peor sería forzar ahora la máquina para conservar su aura de ganadores y pagar ese ejercicio de pura vanidad en febrero, cuando se juegan los títulos.

El Madrid tiene tiempo, pero ha de andarse con cuidado. Corre el riesgo de quemar piezas que van a quedar sobreexpuestas en este inicio de campaña. Como Trey Thompkins, que ha demostrado ser un talentazo en ataque pero de momento vulnerable en defensa. O Hernangómez, todavía buscando su sitio. O un Jeff Taylor del que su entrenador reconoce que está “jodido” y sobre el que planea ya el apelativo de ‘jugador de cristal’.

El Madrid tiene crédito y su entrenador ha demostrado saber ser paciente y esperar su momento. No se les ha agotado la magia, solo la gasolina.