Dwight Howard ganaba el concurso de mates del All Star de 2008. Se quitaba su camiseta de Orlando Magic y mostraba su disfraz de Superman, mostrando músculo lograba mezclar espectáculo deportivo y show de interpretación, ideal para el negocio de la NBA. Aquel año también logró dejar al equipo en los Playoffs, algo desconocido desde 2003 por aquellos lares.

Rajon Rondo se convertía en ese mismo año 2008 en el hombre clave de los Celtics para terminar siendo campeones. Era el elemento indispensable para poner a jugar de manera coral a un conjunto de estrellas que rendían a las órdenes de Doc Rivers. En aquel equipo estaban Paul Pierce, Ray Allen y Kevin Garnett. El base lideró al equipo en asistencias y recuperaciones aquella temporada, sonó para MVP y si te gustaba el baloncesto te gustaba su propuesta sobre la pista. Sin la capacidad de lanzar a canasta (nunca fue un gran tirador), logró marcar diferencias.

Han pasado nueve años desde aquel 2008, pero poniendo como referencia a estos dos jugadores parece que ha pasado una eternidad. Ambos truncaron sus caminos tomando decisiones desacertadas y creyéndose más de lo que realmente eran. A esto se le pueden unir malos consejos y nefastas decisiones.

Dwight Howard forzó su salida de Orlando excusándose en su crecimiento personal. Se veía con un techo alcanzado en Florida y los cantos de sirena que llegaban desde Los Angeles Lakers eran suficiente para hacerle tomar la decisión y poner el mercado patas arriba. Tan solo estuvo una temporada vestido de oro y púrpura, pero pareció otra eternidad. Rozó rápidamente con Kobe Bryant y tampoco logró sintonía con otros compañeros importantes como Pau Gasol. Tras esto cambio de rumbo hacia Houston Rockets, donde las lesiones y la falta de adaptación estuvieron a la orden del día, pasó con más pena que gloria y vivió a la sombra de un barbudo que crecía y crecía como James Harden. Su sombra era demasiado alargada y el gigantón volvía a moverse, esta vez hasta su ciudad natal, Atlanta, donde un proyecto consolidado en plantilla y juego, comenzaba a pegar cambios inesperados, la misma llegada de Howard fue toda una sorpresa.

Rajon Rondo se mantuvo en Boston hasta que la franquicia le vio como una oportunidad de cambiar de proyecto, su salida podía abrir nuevos caminos, nuevas caras que renovaran el proyecto. Un cambio largo y duradero pero que hoy en día tiene a los de Massachussets como un equipo muy importante en el Este. Rondo pasó de ser titular en el All Star en 2013 a lesionarse y comenzar la caída. Primero aterrizando en Dallas, donde se llegó acompañado de jugadores muy importantes con los que intentar asaltar el anillo. El ambicioso proyecto de Mark Cuban se quedó en intento y el base no tardó en salir. Su siguiente destino sería Sacramento, donde tampoco llegaría a adaptarse ni con la franquicia ni con el entrenador, tampoco parecía que la relación con el jefe del vestuario, DeMarcus Cousins, fuera muy fluida. Así se presentó un nuevo cambio, regreso al Este para vestirse de rojo con los Bulls. Un ‘atraco’ de dos años que firmaba a cambio de 28 millones por temporada. Pese a que el arranque fue prometedor, ya ha salido a relucir su carácter y ha sido sentado en el banquillo, actualmente no es titular, aunque por su calidad, sigue disputando los minutos importantes de cada choque.

Rajon Rondo y Dwight Howard, dos trayectorias que parecen paralelas. Dos hombres llamados a ser referentes de la liga, cada uno en su puesto, y sin embargo los dos han pasado a ser un obstáculo molesto para sus franquicias. Los cambios de equipo no solucionaron nunca su falta de rendimiento pese a que la calidad, física o por talento, existe. Un éxito temprano dio paso a la desilusión, desencuentros alrededor de la geografía norteamericana. Las virtudes en forma de visión de juego y dominio de balón en el caso de Rondo y de rebote junto a intimidación por parte de Howard, se cruzan con dos grandes problemas como la mala defensa del primero o los errores en los lanzamientos libres del segundo.

Existe la opinión de que se trata de dos incomprendidos, aunque a ninguno se le ve muy preocupado por ello. Mientras tanto siguen repartiendo dosis mínimas de buen baloncesto para que muchos lo justifiquen con un agradecido aplauso. Howard y Rondo, caminos paralelos, inflados en sus orígenes, agradecidos en su presente… y con un punto de destino realmente desconocido.